miércoles, 25 de abril de 2012

La Conquista de Los Maniquíes.

El lunes fue el día del libro y, la verdad, casi me sentía como si fuera mi cumpleaños.
Me hacía una ilusión horrible, ya que desde pequeña estoy bastante enganchada a la lectura, llegándose a convertir en una obsesión y muchas veces anteponiéndola a mis estudios.


El caso es que en mi instituto, pidieron que quien quisiera leyera en público.


Yo, (pequeña e inocente ilusa) emocionada ante la posibilidad de poder mostrar belleza y leer ante el público y recomendar así un libro, me presté voluntaria.


Fui muy selectiva con qué fragmento y de que libro iba a leer porque lo que quería era dejar huella, quería conmover usando las palabras, quería emocionar. Quería crear en todos los que me escucharan esa misma llamarada que se prende en mí.


Qué tonta.


Escogí, sin duda, unos fragmentos de un valor filosófico y de una profundidad impactantes. 
Escogí dos fragmentos de La Elegancia del Erizo, de Muriel Barbery. 


El libro en sí ya es una espectacular oda al sentimiento humano, al poder de la delicadeza y la sensibilidad. Y escogí sus dos capítulos más emocionantes. (No desvelaré cuales son para dejar hacer a la curiosidad y que quien vea esto, lea el libro)


El caso es que casi lloro mientras leo; no es lo mismo leer en silencio que en voz alta, las palabras calan más hondo y las piensas más. Era todo tan sencillo, tan pulcro, tan brillante. Las ideas expresadas eran claras y lúcidas, simplemente se dedicaban a descubrir uno de los grandes misterios de la vida, con una elegancia magistral, como si simplemente una nívea mano diera un suave tirón a una blanca sábana de lino y quedara al descubierto toda la verdad de este mundo y de como lo entendemos. Y las palabras utilizadas para expresar tamaño sentimiento de entendimiento y sensibilidad habían sido sabiamente seleccionadas por escritora y traductor haciendo que la belleza de la idea no se escapara en ninguna palabra inculta e insensible, pero sin ser un agobio de tecnicismos o vocablos enrevesados que no dejaran comprender el maravilloso secreto.


Me latía el corazón con una fuerza increíble y me temblaba la voz mientras leía las últimas palabras del fragmento, como si estuviera revelándole al mundo un secreto inconfesable.


Feliz, feliz es como me sentí tras pronunciar la última sílaba y dejar escapar el resto del aire en un suspiro muy suave. Levanté la vista para admirar el efecto que aquellas sabias palabras habían causado en mis oyentes...


Y entonces, ocurrió la catástrofe.


Esperaba ver rostros brillantes, emocionados, conmovidos por la brillante sencillez de la belleza del mundo. Pensativos reflexionando en la composición de lo que llamamos vida.


Y lo que vi fueron caras con la boca abierta y la baba medio colgando. 


Nadie había entendido nada.


Aplaudieron, por educación. Sus expresiones estaban vacías, como su alguien acabara de hablarles en un idioma desconocido. Tenían ese fruncimiento en las cejas de quien no ha entendido la mitad de los términos que han entrado por sus desentrenados oídos. Y mucho menos haber comprendido las profundas ideas que aquellos dos fragmentos gritaban.


Busqué con desesperación un rostro de entendimiento, una sonrisa de complicidad. Pero no había. 


No lo podía creer. ¿Cuántos estábamos allí? ¿Sesenta personas? ¿Y de verdad nadie se había admirado de la riqueza del lenguaje y la enseñanza filosófica y moral que se acababan de desvelar para ellos?


Nadie.


Todos tenían esa pinta de que si les preguntaban si sabían sobre qué había leído responderían: ''Mi no entender''


Eran maniquíes. Carentes de entendimiento y sensibilidad. Carentes de ese toque mágico que te hace ser más una persona y menos una oveja flotando en la sociedad.


Sabía que eso existía, yo lo sabía. Lo que no me explicaba era que fuera en esa cantidad.


Terminé el día del libro muy, muy triste. Ni siquiera alguno de los profesores me vino a consolar con un: ''Qué lectura más interesante''; lo cual me hundió aún más.


¿No hay nadie ya en este mundo que intente comprenderlo? ¿Que se interese por qué hacemos aquí, qué significa estar vivo, qué es la belleza...?


Los maniquíes nos conquistan, pequeña resistencia de humanos.


Cada vez hay en este mundo más gente con más bienes y menos corazón.-

sábado, 14 de abril de 2012

Un animal salvaje.

Sí, soy como una pequeña fierecilla.
Hago las cosas y no las pienso.
Me revuelvo cuando algo no me gusta, provoco lo que deseo, sé los riesgos, veo el final; pero no freno, acelero.

Luego duele.

Me avisan del estrepitoso accidente al que me dirijo, me avisan. Lo sé. Y sigo avanzando, y no me aparto, y le doy más a fondo.

Luego duele.

Soy como un pequeño animal salvaje, muerdo cuando algo me gusta, araño cuando quiero más, me escapo para ser libre...

... y acabo cayendo en la trampa.

martes, 10 de abril de 2012

Alguien.

Hoy, mi entrada va para alguien. 


Va para alguien a quien quiero de una manera jodidamente especial.
Como nunca había querido a nadie. Muy, muy, muy diferente a todo lo que había imaginado de tipos de querer.


Alguien que ha estado ahí y me ha aguantado en mis días de mucho pavo, en mis días deprimida, en mis días enfadada, en mis días romántica.


Alguien con quien he reido, he llorado, le he gritado, me he chocado con la realidad y me ha vuelto a montar en una nube.


Alguien con quien tengo una telepatía muy especial. Sobretodo, musical. 
Que descubre grupos a la vez que yo, que pone la misma canción que yo sin saberlo, que me acompaña al piano cuando cometo aberraciones con canciones preciosas y canta conmigo.


Va para alguien ha quien, de pequeña, he pegado. Sí, le hacía bullying y, a demás, le quería.


Alguien con quien me he saltado clases, alguien que me hace caminar hasta que me salen ampollas en los pies, alguien que se revuelca conmigo en las olas, y que se marea conmigo en la rueda de un parque.


Va para alguien que cuando me abraza se para el mundo. Se para.
Que cuando hunde la cara en el hueco de mi cuello me reconforta.
Que cuando me achucha se me para el corazón un momento.
Que cuando me da un beso me siento lo más afortunado del mundo.


Javi, no sé qué tengo contigo.


Te quiero, muchísimo, no como un amigo, no como un novio, no como un hermano. Como a tí.
Y es que eres diferente. Eres alguien muy muy muy especial.


Cada uno tiene sus vicios, el mío: Francisco Javier Rodas Sánchez.