miércoles, 30 de mayo de 2012

Quiero hundir la cara en tu clavícula aunque te corte la yugular con la nariz.

Porque eso es el amor, y tú lo sabes.
Tomarme de la cintura con los brazos. Frente contra frente en duelo al más cabezota. Un beso detrás de la oreja, una mano sobre otra mano. Esa palmadita en el culo, ese empujón en el pecho.
Quiero cogerte de la mano hasta que te gangrene los dedos.
Porque eso es el amor, y tú lo sabes.
Corregir las patadas que el des al diccionario de inglés intentado decirme cosas bonitas. Pelearme contigo cuando rompes el romanticismo. Seguir deseando ese beso que me calle cuando soy una repelente.
Quiero abrazarte hasta clavarme tus costillas.
Porque eso es el amor, y tú lo sabes.
Cuando ya no quieres nada más, solo eso, solo a él. Solo a ti.
Cuando ardes por dentro, la rabia, el dolor y la impaciencia se confunden con la dulzura, la felicidad y la determinación.
Es algo que te carcome por dentro. Te conviertes en eso mismo. Ya ni siquiera es por él, es por ti.
Ya ni siquiera piensas en guardarle felicidad; simplemente, ¿por qué querrías estar con otro?
¿Para qué? ¿De qué me sirven otros labios, otros brazos, otro hombro?
De nada, porque eso es todo sin ti.
Porque eso es el amor y quizá tú no lo sabes.
Quizá tú no lo sientes, quizá tú no lo entiendes.
Yo te enseñaré qué es; y lo haré hundiendo la cara en tu clavícula, aunque te corte la yugular con la nariz.-



domingo, 20 de mayo de 2012

Rizos rubios, ojos azules.

Hoy le toca a Rut, a Rut. Sí, esa misma Rut de la que todos oís hablar sin conocerla.

¿Qué podría decir de ella?
Desde que la conozco, todo es diferente. En agosto hará dos años que nos conocemos y lo nuestro solo tiene un nombre: Flechazo.

Instantáneo, rápido como un destello. Una sonrisa, otra sonrisa. Unas locas cantando juntas en habitaciones diferentes. Unos perros con un nombre muy extraño y a partir de ahí, ¿qué puedo decir? La única que me ha hecho dudar sobre mi orientación sexual.

Hay veces que algo pasa. Un chasquido. Cuatro palabras y lo oyes, ahí esta, ''clac''. Y se activa.
La quieres con locura. Coincidencias... Más coincidencias... Más palabras.
De repente sabe tu vida al completo, y tú la suya.
La quieres con locura.

Pasa el tiempo y la distancia no os destruye. Ha sucedido. Ha nacido una amistad sincera, una conexión más allá del tiempo compartido y del espacio que os separa.

La quieres con locura.

Haces lo que sea, lo que sea para verla. Un año después, y nada es diferente si no es para mejor.

Los días a su lado se te antojan años y a su vez, segundos.

La quieres con locura.

Brindo por nosotras, Rut. Por nuestra conexión. Por nuestras locuras. Por lo que te quiero. Brindo porque dure muchos, muchos años.



miércoles, 16 de mayo de 2012

Asdklfjghfgkñelkghv4.

Que dice Juanpy que tiene tantas ganas de verme, que me paga el viaje a Santander.

Le Quiero. <3






Jodeos, me quiere.-

viernes, 11 de mayo de 2012

STD.

Yo, tengo un novio.
Tengo un novio, y no lo tengo.
Es un novio muy especial, porque justo ahora, en el momento en que tú, lector, y yo nos encontramos, no es mi novio; ni estamos enamorados, ni nos debemos fidelidad. Porque en esta realidad, no somos novios.

Es mi novio en una realidad alternativa. En la realidad alternativa estamos juntos; pero juntos, de juntos. De una pareja de verdad. Pero eso es en la realidad alternativa.

Mientras tanto, y debatiéndonos entre dos realidades, permanecemos llamandonos ''cariño'' y ''gordito'' y diciéndonos ''te quiero'' un poco temblando.

Porque la realidad alternativa y la realidad se encuentran a 1.000 km de distancia una de otra.

Cuando esa distancia se acorta y una realidad entra en otra, sucede. Aparece una nueva realidad, mucho más brillante y nítida. Mucho más hermosa. Y en esa realidad. Él y yo estamos tan cerca... Le puedo besar, le puedo morder, me puede tocar. Y dejo de ser una imagen pixelada en la pantalla del ordenador.

Así que, tengo novio,

Un novio en una realidad alternativa.

sábado, 5 de mayo de 2012

A trozos.

Se deja un trozo
más grande
más pequeño,
de cada uno de nosotros,
amor, en los demás.

Tu trozo, amor, me complementa;
es grande y sin aristas
y sus bordes encajan en mí con suavidad.

Pero cada trozo, amor, deja un vacío.
Como cara y cruz de una misma moneda,
unidos van.
Y cuanto más grande es el trozo ¡ay amor!
más profundo es el vacío,
que crea junto a sí.

Tu vacío, amor, es frío
se hiela y me estrangula.

Tu trozo lucha, amor, por calentarlo.
pero de dulce que es,
solo consigue,
enfriarlo más.

Amor, yo de tu trozo y tu vacío,
querría separarme si pudiera.
Pues, amor, no quiero sufrimiento,
ni amor en la distancia traicionera.
Que existas, duele, amor, y tú lo sabes;
si no existieras, aún dolería más.
Y tu trozo y tu vacío, amor, pelean;
y no se callan nunca, pues no estás.-

Tengo que dejar la droga.

Yo,
nunca una,
siempre mil.
Con mil caras,
mil razones,
mil reflejos,
reflejos de un,
mí misma
más profunda,
siempre alojada
en el entrecejo.

Yo,
siempre mil,
y jamás una.
Bipolar hasta el
extremo más bizarro.
Yoes antiguos que
me siguen desde lejos;
juzgando cada aliento
y cada paso.

Yo,
siempre mil,
y siempre una.
Impredecible y
destartalada.
De una misma
piedra modelada.
De un mismo
corazón apasionada.

Yo,
compleja maraña
de (s) esperanza.

Fiera como una pantera y suave como el algodón.

Sí, llena de incongruencias, esa soy yo.
Bipolar.
Bizarra.
Ahora una zorra, ahora una princesa.
Ahora una señorita de palacio, ahora una de esquina.
A veces una niña, a veces una ajada anciana.

Loca, cuerda, arriba, abajo, norte y sur, extrema y centrada, solsticio y equinoccio, luna, sol, primavera y nieve, hielo y lava, deseo y razón, morriña, olvido.

Soy fiera como una pantera y suave como el algodón.

Inquebrantablemente frágil. La torre más alta y la favela más pobre.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Un relato de hace mil: FRACASO

Llevaba días dándole vueltas a esa genuina idea de quitarse la vida.

Saber que causarte a ti mismo la muerte es lo mejor para ti es muy tétrico. Lo sabía. Pero hacía tiempo que barajaba esa animosa posibilidad. No le importaba en absoluto lo que dejaría atrás, que sería nada. Nada... eso era su vida. La consideraba tan absurda que había llegado a creer que no merecía ni la muerte por ser un fracaso. Pero eso no era así. Como su vida no era nada, sobre lo único que decidía era sobre su muerte. Se deleitaba oyendo esa palabra en su propia mente.

Se sorprendió de oírse reír, a pesar de percibir que su risa era irónica y monótona. Casi ni parecía que se estuviera riendo; era más bien un ronquido débil, quejoso y apagado que surgía de su garganta.
Su risa era patética. Eso era todo su ser en sí. Y lo sabía. Y no le importaba.

Había pasado allí la mayor parte de su vida, pero no echaría de menos el lugar. ¿Por qué habría de hacerlo?
Cuando sabes que no hay nada más por lo que vivir, es que nunca lo hubo antes y, si lo hubo, ya pereció.
En su caso, nada había encontrado que mereciera la pena para quedarse allí.

No contaba los meses porque era absurdo teniendo en cuenta que jamás se guiaba por las horas, ni los días, ni las noches. No vivía en las estaciones; simplemente estaba allí, en el mundo.

No tenía nostalgia de tiempos pasados, de tiempos mejores (o peores si se pudiera) porque nunca los había habido.

Sentía cosas, muchas, muchas cosas, cosas que soñaba que eran solo suyas. La ira, el dolor, lo patético de su vida... Pero sabía que los seres humanos también los sentían y le daba rabia. Se decía que no era un ser humano, porque notaba que era diferente, muy diferente, a veces llegaba a ser invisible. Recorría las calles de la cuidad sin rumbo, esquivando la gente y metiéndose en los charcos. Y cuando, al saltar sobre ellos, salpicaba a algún transeúnte, ni siquiera se dignaban a encarársele por haberlos mojado. Nada, ni un insulto siquiera. Y se sentía feliz.

Su horrible vida no estaba tan mal. Se sentía libre y eso le gustaba. No como esa gente que iba con prisa a todos sitios, que tenía hijos y formaba un matrimonio y que escogía un trabajo que odiaba y se quejaba de todo porque nunca era suficiente. Eso no le hacía falta. Tenía agua, pan y un orinal. ¿Para qué más?

La idea de quitarse la vida surgió cuando vio a aquel tipo suicidarse. El hombre cogió un arma y se la metió en la boca. Cuando lo vio se sorprendió, no sabía que se podía morir así.

Cuando el tipo apretó el gatillo sus ojos se abrieron de par en par de curiosidad, observando a cámara lenta como la sangre se le acercaba y le salpicaba y como el hombre se desplomaba muelle abajo hacia el mar. El mar... también querñia acabar allí, como aquel tipo.

El caso es que la muerte le fascinó. <<Que interesante cambio en mi vida>> había pensado. La verdad era que, de vez en cuando, se le ocurrían ironías geniales.

Por eso quería suicidarse, porque sería distinto, sería mágico, sería morir. A demás, ¿por qué vivir?

La muerte tenía que ser mejor, tenía que ser una gran explosión de sentidos, una aceleración del ritmo cardíaco, una segregación excesiva de adrenalina que le haría cosquillas en cada vena y cada arteria, un remolino de sentidos, unas nauseas maravillosas, un vértigo, un mareo, un soplo de aire ni frío, ni caliente, ni templado; tenía que ser un cántico, un arrullo, una oscuridad luminosa, una lucidez inédita, una música inaudible, un dolor placentero, el beso del filo de una espada, unos labios de vacío, tenía que ser todo aquello que nunca había sentido en la vida. Tenía que ser algo de lo que no se excluyera, algo que podría, por una vez, compartir con todos. Porque así es la muerte, y a todos llama.

Unos días después de ver el suicidio del hombre, visitó un hospital. Vio a gente a punto de morir y sintió envidia porque ellos no tenían que provocarse a sí mismos la muerte para sentir aquella electricidad. También se enfadó con los médicos por no dejarlos ir a aquel mar de sentidos, y con los familiares por no alegrarse de su marcha.

Se acercaba a las camas de los moribundos y les felicitaba. Entonces ellos le miraban con ojos extrañados, vagos; y se le encogía el corazón al verles tan cerca de aquel lugar maravilloso.
Uno de ellos, murió cuando le felicitó. Se le quedó mirando y musitó (si es que podía musitar) unas palabras de desesperanza. De repente el rostro del hombre se congeló y los ojos se le quedaron mirando y sintió el alma del hombre desprendiéndose y vibrando en aquella orgía que era la muerte. Tocó la cara fría del hombre y sintió que sus manos absorbían la muerte. Se enorgulleció de haber podido presenciar una muerte más.



Ya estaba decidido.
Le gustaba el azul.
Moriría asfixiado.
Azul asfixia.
Y en el mar, claro.
El mar es azul.


Una bonita mañana del mes de -- a la hora exacta de --, fue a suicidarse.

Sabía que era triste que eso fuera lo mejor, pero al menos tenía aspiraciones. Y si la muerte era mejor que su vida... allá iría. A morir. A morir porque era lo único que le apetecía. Era lo único que podía hacer.
¿Conoces a alguien cuya existencia sea prácticamente inexistente que tenga algo por lo que vivir? ¿Lo que sea? Si conoces a alguien así, avisa.

<<Pero si no encuentras nada de eso... muere.>>, pensaba.

Así que allí estaba. En el muelle donde había visto suicidarse a aquel hombre. Con una gran sonrisa en los labios. Una gran piedra, una cuerda y una bolsa.

Se sentó en el borde de los tablones de madera. Sus pulgares rozaban el agua.
Metió la piedra en la bolsa y ató las asas.
Pasó la cuerda por las asas y le hizo un nudo.
Temblando de emoción, se rodeó los tobillos con la cuerda e hizo otro nudo; fuerte, muy fuerte.
Miró al cielo acariciando la piedra, que estaba a su lado. Los nervios le podían.
Por fin...
Agarró la bolsa y...
Saltó.

Al principio no pasó nada, soltó la piedra y notó como le arrastraba al fondo.
Sin querer, había cogido aire, así que aún estaba gastándolo.
Se aburría, qué larga espera. (Unos segundos)

Después, la presión le hirió los oídos.
Empezaba a faltarle el oxígeno. Tembló, impaciente.
Ya no quedaba aire.
Notó el mareo, la presión: se ahogaba.
Pero no era como había imaginado.
Le dolía el pecho, la cabeza, los oídos.
Era muy desagradable.
Se desesperó. No estaba sintiendo nada de lo supuesto,
Era horrible. Sentía su vida marchándose.
Se arrepintió. No quería... No....
Pero era tarde.
El dolor, la desesperación. Se le hicieron eternos.

Nada de electricidad. Nada de magia...
Solo sufrimiento.

¿Por qué? Se preguntó.
Ah, ya... Porque había querido.

Su vida era monótona, gris, sin sentido... Pero esto... eso era el infierno.
Su garganta se resecó. Notaba los latidos de su corazón en todo el cuerpo. Extinguiéndose.

Se odió por haber soñado, por haber desesperado tanto.

Después, perdió el conocimiento.

Lo consiguió. Había muerto.

Por supuesto, nadie encontró el cadáver. Aunque la verdad, nadie se percató de que se había ido.

Triste, pensarás. La única alegría que se le podía dar había fracasado, ¡como toda su vida!

Es extraño, el fracaso nos persigue, estemos donde estemos; porque si no hubiera fracasos, no habría logros.

Si no hubiera personas como ésta, no habría personas felices.
O quizá no habría personas porque todas estarían bajo el mar por fracasar.
Al fin y al cabo: todos fracasamos alguna vez.-