Ya ves, que en realidad, no pido mucho.
No te pido mucho.
Te pido una sonrisa antes de dormir, y el cigarro de después.
Te pido que me hagas mecerme en la marea de la incertidumbre y que permitas que me deje llevar por la locura.
Te pido que me digas palabras que no me emborrachen pero que me alegren el día.
Te pido que cuentes todos mis lunares que vuelvas a contarlos cada vez que te sientas perdido.
Te pido que estés a mi lado en el momento en que todo cambie para que pueda apoyarme en ti cuando todo se hunda.
Te pido que contigo el tiempo no pase, que se posen las dudas y se disuelvan en besos y alcohol.
Te pido que me conozcas, que me conozcas hasta donde ni yo me conozco, que intentes hacerme mejor.
Te pido que no me cambies.
Te pido que superes los obstáculos que te pondrán mi genio y mis dudas.
Te pido que grites, que grites conmigo lo que sientes; que cantes, que cantes al aire, conmigo y te liberes de todo aquello que te frena, que se te salga el alma por la boca y vuele con la mía, parásitas del viento.
Te pido que lamas mis cicatrices y me acurruques en tu hombro y que bebas mis lágrimas a base de caricias en las mejillas.
Te pido que te hundas en mi pelo, que me dejes protegerte aún siendo yo más frágil, que me dejes ser tu armadura y que cuando el tiempo me oxide, sigas vistiéndote de mí, caballero de triste figura; y combatir juntos las penurias de esta vida.
Que la ola que surge del último suspiro de un segundo nos transporte mecidos hasta el siguiente, juntos.
Cosas que escribí ayer, cosas que escribo hoy, cosas que podría escribir mañana. Cosas que la gente de un pequeño pueblo en las faldas de una montaña no quiere oír y que la gente de la ciudad no tiene tiempo para escuchar. Pequeños gritos, aullidos de dolor y de locura, de lo que me pasa por dentro, que no lo entiendo ni yo. Y todo aquí, para vosotros, como si me hubiera abierto el pecho y pudierais registrarmelo de arriba a abajo.
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