Cambiar, crecer, resistir; adaptarme a este mundo, pinchar la burbuja y entrar, salir.
Avanzar por este laberinto de decisiones que se tomaron, que se quedaron sin tomar.
Aferrándome a los barrotes de esta hermosa prisión que es el mundo, gritando, deseando salir, admirando la belleza de mi encierro, arañando las paredes de este lugar con mis actos.
Supongo que no dejo de ser una presa más, un alma más encerrada entre ilusiones, una insignificante convicta más, perdurando en esta dulce tortura, en este dulce encierro, obligada vivir por una pura casualidad, por un azar que me hizo llegar, por mil influencias y mil momentos que tejieron mi traje de prisionera, lo que soy.
Sin compañero de celda, soportamos solos la bella condena de vivir, perduramos cambiando en nuestra oscura celda, anhelando la luz que se atisba por la ventana, soñando un mundo mejor.
Año tras año, la conducta de algunos cambia, como la conciencia de algunos los hace arrepentirse de sus crímenes.
Nunca dejamos de ser un prisionero que depende de el lugar en el que se encuentra, que interactúa con él, que depende de su estructura; porque aunque la cárcel es el mundo, cada ámbito es cada celda, y cada persona se desarrolla en un entorno diferente.
Unos presos se gritan a otros, se cuentan sus experiencias, se cuentan porqué están allí.
Porque todos estamos aquí por algún motivo, así sea una insignificante misión, es nuestra misión, la causa por la que estamos en la prisión, nuestro crimen.
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