Llevaba días dándole vueltas a esa genuina idea de quitarse la vida.
Saber que causarte a ti mismo la muerte es lo mejor para ti es muy tétrico. Lo sabía. Pero hacía tiempo que barajaba esa animosa posibilidad. No le importaba en absoluto lo que dejaría atrás, que sería nada. Nada... eso era su vida. La consideraba tan absurda que había llegado a creer que no merecía ni la muerte por ser un fracaso. Pero eso no era así. Como su vida no era nada, sobre lo único que decidía era sobre su muerte. Se deleitaba oyendo esa palabra en su propia mente.
Se sorprendió de oírse reír, a pesar de percibir que su risa era irónica y monótona. Casi ni parecía que se estuviera riendo; era más bien un ronquido débil, quejoso y apagado que surgía de su garganta.
Su risa era patética. Eso era todo su ser en sí. Y lo sabía. Y no le importaba.
Había pasado allí la mayor parte de su vida, pero no echaría de menos el lugar. ¿Por qué habría de hacerlo?
Cuando sabes que no hay nada más por lo que vivir, es que nunca lo hubo antes y, si lo hubo, ya pereció.
En su caso, nada había encontrado que mereciera la pena para quedarse allí.
No contaba los meses porque era absurdo teniendo en cuenta que jamás se guiaba por las horas, ni los días, ni las noches. No vivía en las estaciones; simplemente estaba allí, en el mundo.
No tenía nostalgia de tiempos pasados, de tiempos mejores (o peores si se pudiera) porque nunca los había habido.
Sentía cosas, muchas, muchas cosas, cosas que soñaba que eran solo suyas. La ira, el dolor, lo patético de su vida... Pero sabía que los seres humanos también los sentían y le daba rabia. Se decía que no era un ser humano, porque notaba que era diferente, muy diferente, a veces llegaba a ser invisible. Recorría las calles de la cuidad sin rumbo, esquivando la gente y metiéndose en los charcos. Y cuando, al saltar sobre ellos, salpicaba a algún transeúnte, ni siquiera se dignaban a encarársele por haberlos mojado. Nada, ni un insulto siquiera. Y se sentía feliz.
Su horrible vida no estaba tan mal. Se sentía libre y eso le gustaba. No como esa gente que iba con prisa a todos sitios, que tenía hijos y formaba un matrimonio y que escogía un trabajo que odiaba y se quejaba de todo porque nunca era suficiente. Eso no le hacía falta. Tenía agua, pan y un orinal. ¿Para qué más?
La idea de quitarse la vida surgió cuando vio a aquel tipo suicidarse. El hombre cogió un arma y se la metió en la boca. Cuando lo vio se sorprendió, no sabía que se podía morir así.
Cuando el tipo apretó el gatillo sus ojos se abrieron de par en par de curiosidad, observando a cámara lenta como la sangre se le acercaba y le salpicaba y como el hombre se desplomaba muelle abajo hacia el mar. El mar... también querñia acabar allí, como aquel tipo.
El caso es que la muerte le fascinó. <<Que interesante cambio en mi vida>> había pensado. La verdad era que, de vez en cuando, se le ocurrían ironías geniales.
Por eso quería suicidarse, porque sería distinto, sería mágico, sería morir. A demás, ¿por qué vivir?
La muerte tenía que ser mejor, tenía que ser una gran explosión de sentidos, una aceleración del ritmo cardíaco, una segregación excesiva de adrenalina que le haría cosquillas en cada vena y cada arteria, un remolino de sentidos, unas nauseas maravillosas, un vértigo, un mareo, un soplo de aire ni frío, ni caliente, ni templado; tenía que ser un cántico, un arrullo, una oscuridad luminosa, una lucidez inédita, una música inaudible, un dolor placentero, el beso del filo de una espada, unos labios de vacío, tenía que ser todo aquello que nunca había sentido en la vida. Tenía que ser algo de lo que no se excluyera, algo que podría, por una vez, compartir con todos. Porque así es la muerte, y a todos llama.
Unos días después de ver el suicidio del hombre, visitó un hospital. Vio a gente a punto de morir y sintió envidia porque ellos no tenían que provocarse a sí mismos la muerte para sentir aquella electricidad. También se enfadó con los médicos por no dejarlos ir a aquel mar de sentidos, y con los familiares por no alegrarse de su marcha.
Se acercaba a las camas de los moribundos y les felicitaba. Entonces ellos le miraban con ojos extrañados, vagos; y se le encogía el corazón al verles tan cerca de aquel lugar maravilloso.
Uno de ellos, murió cuando le felicitó. Se le quedó mirando y musitó (si es que podía musitar) unas palabras de desesperanza. De repente el rostro del hombre se congeló y los ojos se le quedaron mirando y sintió el alma del hombre desprendiéndose y vibrando en aquella orgía que era la muerte. Tocó la cara fría del hombre y sintió que sus manos absorbían la muerte. Se enorgulleció de haber podido presenciar una muerte más.
Ya estaba decidido.
Le gustaba el azul.
Moriría asfixiado.
Azul asfixia.
Y en el mar, claro.
El mar es azul.
Una bonita mañana del mes de -- a la hora exacta de --, fue a suicidarse.
Sabía que era triste que eso fuera lo mejor, pero al menos tenía aspiraciones. Y si la muerte era mejor que su vida... allá iría. A morir. A morir porque era lo único que le apetecía. Era lo único que podía hacer.
¿Conoces a alguien cuya existencia sea prácticamente inexistente que tenga algo por lo que vivir? ¿Lo que sea? Si conoces a alguien así, avisa.
<<Pero si no encuentras nada de eso... muere.>>, pensaba.
Así que allí estaba. En el muelle donde había visto suicidarse a aquel hombre. Con una gran sonrisa en los labios. Una gran piedra, una cuerda y una bolsa.
Se sentó en el borde de los tablones de madera. Sus pulgares rozaban el agua.
Metió la piedra en la bolsa y ató las asas.
Pasó la cuerda por las asas y le hizo un nudo.
Temblando de emoción, se rodeó los tobillos con la cuerda e hizo otro nudo; fuerte, muy fuerte.
Miró al cielo acariciando la piedra, que estaba a su lado. Los nervios le podían.
Por fin...
Agarró la bolsa y...
Saltó.
Al principio no pasó nada, soltó la piedra y notó como le arrastraba al fondo.
Sin querer, había cogido aire, así que aún estaba gastándolo.
Se aburría, qué larga espera. (Unos segundos)
Después, la presión le hirió los oídos.
Empezaba a faltarle el oxígeno. Tembló, impaciente.
Ya no quedaba aire.
Notó el mareo, la presión: se ahogaba.
Pero no era como había imaginado.
Le dolía el pecho, la cabeza, los oídos.
Era muy desagradable.
Se desesperó. No estaba sintiendo nada de lo supuesto,
Era horrible. Sentía su vida marchándose.
Se arrepintió. No quería... No....
Pero era tarde.
El dolor, la desesperación. Se le hicieron eternos.
Nada de electricidad. Nada de magia...
Solo sufrimiento.
¿Por qué? Se preguntó.
Ah, ya... Porque había querido.
Su vida era monótona, gris, sin sentido... Pero esto... eso era el infierno.
Su garganta se resecó. Notaba los latidos de su corazón en todo el cuerpo. Extinguiéndose.
Se odió por haber soñado, por haber desesperado tanto.
Después, perdió el conocimiento.
Lo consiguió. Había muerto.
Por supuesto, nadie encontró el cadáver. Aunque la verdad, nadie se percató de que se había ido.
Triste, pensarás. La única alegría que se le podía dar había fracasado, ¡como toda su vida!
Es extraño, el fracaso nos persigue, estemos donde estemos; porque si no hubiera fracasos, no habría logros.
Si no hubiera personas como ésta, no habría personas felices.
O quizá no habría personas porque todas estarían bajo el mar por fracasar.
Al fin y al cabo: todos fracasamos alguna vez.-
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