El destino siempre me deja con la miel en los labios.
Me convence y me tortura; me lo pone difícil y me hace esperar.
Y cuando voy a probar el resultado, el muy cabrón me lo quita con brusquedad: y me deja con la miel en los labios y la punta de la nariz llena de azúcar glacé.
Me deja con ganas de romper algo. Y entre triste y furiosa cuestiono el por qué.
No creo que haya hecho nada tan malo como para ofrecérmelo todo y luego no dejármelo coger.
Me dan ganas de darle patadas a mi suerte, pero el destino se retuerce y me tienta con otra ilusión.
Algún día aprenderé y dejaré de perseguirlas, sabiendo que me espera al final de cada esfuerzo: quedarme a medio milímetro de tenerlas.
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