martes, 28 de febrero de 2012

Está un poco chapucero


Capítulo 1: Oro
Bajo la tarde moribunda, próxima al crepúsculo, Élodie no podía dejar de mirar el oro.
Con sus enormes ojos almendrados, absorbía los rayos dorados que el sol dejaba desperdigarse en todas direcciones por el cielo rosado.
Pero el oro que ella miraba realmente, no era ese. A pesar de que aquel espectáculo de luces y sombras la podía mantener absorta hasta que el añil cubriera el cielo, sus ojos, en realidad miraban otro oro.
Miraba las doradas hebras de un cabello rubio agitarse suavemente por el viento. Sus pupilas se llenaban del suave cabello que se balanceaba rozándole los hombros a aquella criatura dorada. Con su tez pálida, pero al mismo tiempo sutilmente tostada, de forma que parecía lanzar reflejos de sol. Y sus ojos… sus ojos eran de color ámbar totalmente líquido, algo rasgados, no muy grandes. Acordes a su carita de niño, que a la vez reflejaba una profunda fuerza y seriedad, pero que siempre estaba esbozando una bella sonrisa con sus labios carnosos y rosados. Él cerró los ojos, dejando que el aire le golpease la cara. Mientras, Élodie lo observaba atentamente. Con los labios entreabiertos ligeramente.Sentada a su lado, casi rozándose, su propio pelo negro revoloteando en el hombro desnudo de él, Élodie estaba maravillada del frío que él emanaba, a pesar de parecer tan sumamente cálido.
Acababa de conocerlo, y ya era como si él estuviera allí desde siempre.
Su mente divagó en los recuerdos de hacía una pocas horas.
<<Había salido de casa para verse con su amiga Edris, que vivía en el extremo oeste del pueblo, en el límite. Cerca del bosque verde brillante que crecía en forma de medialuna abrazando el pueblo.
Había recorrido la mitad del camino cuando llegó a aquella zona en obras.
Se había acercado, solo para curiosear, cuando el cordón de una de sus zapatillas se había enredado en una valla rota. No fue consciente de ello y siguió caminando, arrastrando la valla consigo misma, pesaba demasiado y la resistencia hizo que callera hacia atrás rajándose el gemelo derecho con una de las afiladas varas que sobresalían de la valla.
Se golpeó el trasero contra una viga enorme. Un dolor agudo le subió por la espalda, acentuando el de su sangrante pierna. El dolor y sus increíbles náuseas ante la sangre hicieron que, al mirarse la pierna, la cabeza empezara a darle vueltas y, pronto, todo se fue fundiendo en negro.
Unas manos fuertes, pero de dedos finos y suaves la zarandearon por los hombros.
-Chica... ¡Ey pequeña!, vamos despierta.
Élodie escuchaba una voz algo ronca, no muy grave, de hombre, que la llamaba.
-Pero bueno, ¿qué hacías ahí?
Los ojos de Élodie pestañearon, confusos, intentando abrirse. A través de sus pestañas entrecerradas Élodie vio una cara borrosa y tremendamente dulce, que le sonreía con aire aliviado.
-¿Quién demonios…?- masculló.
La cara dulce se rió con un sonido ronquito y musical.
Unas manos – que probablemente pertenecían a esa cara – que le habían estado sujetando la nuca y la espalda, la ayudaron a incorporarse. Al hacerlo, la parte baje de la espalda envió una descarga de dolor, desde el coxis hasta la mitad de las lumbares.
-Au…
Entonces recordó que se había acercado a unas obras y que se había rajado la pierna y golpeado el trasero.
-Te has echado una buena siesta… - y la voz rió otra vez.
Élodie, que desde que se había incorporado había estado mirando la punta de sus zapatillas se giró.
A su lado, había un chico de su edad, no mucho más alto que ella, con un hermoso pelo dorado que se ondulaba ligeramente bajo las orejas, unos ojos color miel excepcionales y una enorme y cálida sonrisa en los labios carnosos. No llevaba camiseta, solo unos desgastados jeans que le llegaban a la rodilla. Y de su cuello pendía un colgante rectangular plateado, con algo escrito en negro, que ella no consiguió leer. El chico era casi extremadamente delgado y su piel era completamente blanca, con un reflejo dorado. Élodie tuvo que detenerse a mirar su abdomen, perfectamente esculpido, pero sin ser exagerado.
-Eh… - masculló, apartando la vista de sus músculos- ¿Cuánto…? ¿Cuánto tiempo llevo así? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres?
El chico, sin borrar un instante la sonrisa, dijo:
-Bueno, te has tropezado con una valla, y te has hecho un buen arañazo en la pierna. Así que he acudido a cogerte cuando he visto que te desmayabas, te he sacado de ahí y te he traído a la orilla de la playa. Llevas inconsciente unos tres cuartos de hora, pero entonces has empezado a gritar ‘’Edris, préstame ese colgante’’ y he decidido despertarte antes de que me arrancaras el mío. – Rió - Pero claro, antes me he ocupado de esa pierna. Ahora, gracias a ti, tengo una fantástica camiseta ‘gore’. – Élodie miró su pierna, ahora vendada con una camiseta blanca.
-Oh, lo… lo siento mucho. Soy… soy un poco patosa y…
-No pasa nada- había dicho él cogiéndola de la mano. Lo que hizo que se estremeciera. >>
Y se había quedado ahí, charlando con él sobre heridas. Ya llegaba tarde a casa de Edris y, la verdad, no estaba segura de poder andar la otra mitad del camino y luego volver a casa ella sola.
Habían estado charlando sobre heridas una hora entera, y ella ni siquiera había puesto un poco carita de asco, ¡con lo que la asustaba el tema! Él tenía algo que la hacía sentirse bien.
Ahora, llevaban media hora en silencio, mirando la extremadamente lenta puesta de sol.
De repente, se dio cuenta:
-No me has dicho quien eres…
La sonrisa de él se estiró, ensanchándose aún más.
-Me llamo Alan. – dijo sin abrir los ojos. – Y tú eres…
-Élodie.
-Élodie… -susurró él con su hermosa voz. Qué bien sonaba cuando lo decía él.
-¿Eres de por aquí? No te había visto nunca.
-Bueno, tengo un amigo aquí, quizás le conoces. Es un tipo genial, nuestros padres trabajaban juntos y, desde que nacimos hemos coincidido cada vez que ellos quedaban.- Élodie lo miraba sin saber que expresión tenía puesta en la cara. Alan, que había hablado con una expresión neutra le sonrió, con los párpados entrecerrados, pero no dijo nada más.
- Mmm… Bueno, -dijo Élodie impaciente y sorprendida de la facilidad para despistarse o la intención de dar poca información de Alan- ¿y cómo se llama tu amigo?
Alan aflojó un poco la sonrisa y abrió un poco los ojos.
-Max. Se llama Max.
Élodie por poco se cae de espaldas.
-¿! Max!? ¿Te refieres a un tipo delgado, muy alto y desgarbado y el pelo castaño?
- Sí, ese es Max.
Élodie rompió a reír.
-¡Qué coincidencia! – exclamó. – Él es mi… Mi mejor amigo- titubeó, desde que su relación con él había acabado hacía un año, estaban muy unidos. Y a pesar de que había cortado ella porque no le interesaba realmente de esa manera, veía que el aún estaba interesado, así que siempre intentaba presentarlo como su ex novio para que, sutilmente, el se diera cuenta de su rechazo, de que solo era un amigo.
Pero, sin embargo, no se lo había dicho a Alan, ¿por qué?, ¿es que acaso no quería que él supiera que habían estado juntos? Pero él debía saberlo. Max debía de habérselo contado, si eran tan amigos… Tan amigos…
<<Así que, >> se sorprendió pensando << no puedo intentarlo con Alan. Estúpidas ‘’normas’’ de tíos…>> Pero al momento se obligó a dejar de pensar en ello. ¿Intentar qué con Alan? ¡Si apenas le conocía!
-¡No puede ser tu mejor amigo! ¡Es increíble! – Contestó él poniendo una preciosa cara de asombro - ¡Menuda sorpresa!
-¿Y cómo es que nunca me ha hablado de ti?- dijeron los dos a la vez.
Él con una expresión un poco dolida por el hecho de que no le hubieran hablado de Élodie. Y Élodie con la misma expresión, solo que más sorprendida… ¡Max no le había dicho nada sobre ella! Esto la hirió un poco, la verdad. Y para relajarse, miro la cara de asombro que Alan tenía puesta en su cara, la misma que tenía puesta ella.
<< Solo que >> pensó ella << yo no soy tan hermosa. >>
Se rieron, aunque a Élodie le costó un poco más.
-Bueno, quizás no quiere que la gente me conozca, soy un desastre- dijo Élodie medio en broma, medio en serio.
- Nah… seguro que no más que yo. – repuso Alan con otra de sus sonrisas mirando fijamente a Élodie a los ojos. – Más que yo no…- Y de repente…
Élodie se quedó sin respiración. El rostro de Alan se encontraba a pocos centímetros del suyo. Mirándola, serio. Era tan hermoso aquel rostro… El corazón le latía con inusitada rapidez, y tan fuerte, que creía que Alan iba a oírlo. Se sonrojó, avergonzada de que él pudiera oír su corazón desbocado. Entonces, notó un tacto frío en la muñeca derecha.
No podía ser, no podían hacerle eso a Max, pensaba. Apartó los ojos de aquellas facciones tan bellas y los bajó hasta su mano. Los largos dedos blancos de Alan la rodeaban tiernamente la muñeca, sin oprimirla mucho, firme y suavemente. Su contacto le producía un extraño temblor en cada célula que él tocaba. Élodie sabía lo que venía ahora. Ahora venía un beso. Estaba insegura. No podía ser de esa manera y besarse con un colega de su mejor amigo al que, además, acababa de conocer. Por muchos escalofríos que te produjera su contacto.
Por mucho que lo anhelara tu corazón loco y estúpido.
En ese momento fue consciente de que llevaba varios segundos sin respirar, y de que necesitaba aire.
Cerró los ojos y soltó el aire que tenía anclado en los pulmones e inspiró con fuerza. No sabía si Alan la besaría. Al parecer, él no sabía nada de ella así que no podía imaginar que a Max aún le gustaba. Élodie dedujo que ahora Alan la besaría, porque ignoraba todo aquello. Apretó los ojos con más fuerza y esperó.
Pero no. El beso no llegaba. Y de golpe, el agarre frío y tierno de la mano de Alan en su muñeca se aflojó y Élodie sintió el aire cálido del ambiente cuando él, que emanaba aquel frío extraño, se retiró.
Élodie abrió los ojos con suavidad. Alan ya no estaba inclinado hacia ella. Sino recto y erguido, serio. Mirando el mar pintado de naranja por los ultimísimos rayos de un sol que se había convertido es una delgada franja curva perdiéndose en el horizonte.
Élodie lo miraba fascinada. ¿Cuánto tiempo llevaba observando su cuerpo perfecto y su cara de ángel? Pero no podía dejar de repasar cada trazo de sus facciones. Cada vez que lo volvía a mirar descubría algo nuevo. Una pequeña peca en una mejilla. Un pelito desviado de una ceja. Una pestaña enredada con otra en uno de sus ojos.
Era apabullantemente perfecto.
Y no la había besado, eso quería decir que pensaba. Eso significaba…
Que era bello, fuerte, esbelto, simpático e (y muy importante) inteligente.
Su piel emanaba un extraño frescor que contrastaba con los cálidos tonos de su pelo y sus ojos, lo que le hacía aún más interesante. Y lo mejor, era que él parecía no darse cuenta de todas esas cualidades suyas. Parecía sentirse como un humano normal más y no como la criatura de luz que a Élodie le parecía.
Lo deseaba.
Se dio cuenta de que realmente le había gustado. Había algo magnético y atrayente en el que hacía que Élodie quisiera sentarse en su regazo y rodear su cuello con los brazos. Deslizar la mano por entre sus cabellos de oro. Mirarlo a esos dorados ojos suyos y (una expresión más bien poco común en ella) comerle esa boca que tenía que ser tan dulce como la miel.
Y, claro está, que hacía que Élodie deseara que Alan la sostuviera entre sus brazos, que acariciara su ondulado pelo negro, que la mirara a sus ojos de un horrible verde glacial y la besara en su boca roja y delgada.
Suspiró pensando en ello. Que bello parecía él en comparación con ella.
Con esa piel color crema, que nunca jamás llegaba a ponerse morena del todo y que no pegaba nada con el color de sus ojos ni de su pelo.
Sintió una punzada que la hizo encogerse. Había muchas razones por
las que no podía probar nada con Alan.
A)(Y la razón principal) Parecía ser un gran amigo de su ex novio.
B)Acababa de conocerlo. No sabía nada de él.
C)Era tremendamente guapo, mientras que ella… burff…
D)¿Había que fiarse de esos instintos salvajes que la estaban haciendo perder la cabeza por un completo desconocido?
-Élodie… - susurró Alan.
Élodie salió de sus reflexiones y se giró hacia Alan.
-Dime, Alan - dijo ella aún sin poder borrar del todo la expresión de duda y pena de su cara.
-Es tarde y yo… bueno, te parecerá una tontería, pero yo… - dijo, y sonrió – yo tengo que estar ya en casa…
Élodie se quedó un poco sorprendida de lo que le dijo. La verdad, había esperado que le confesara su secreto amor por ella, o que le dijera que también sentía la misma atracción. Aunque no, ella sabía que era imposible.
Con ojos como platos, respondió:
-Ahmm, no, no es ninguna tontería, yo también debería irme ya a casa.
-Bien, si quieres te acompaño – dijo él poniéndose en pie y extendiendo su mano hacia ella.
Élodie no pudo más que sonreír y agarrarse a su mano para que la ayudara a levantars

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