Otro día más.
Acabo tirada en al calle oyendo los latidos de mi corazón enfermo.
Hace un día de perros y un frío que pela de toda luz el cielo.
Nubes, humo y mis pensamientos.
Muevo hacia alante y hacia atrás las puntas de los pies y me hinco en el talón sin querer una piedrecita.
Maldigo por lo bajo, la cojo y la arrojo tan lejos como puedo sin mirar si quiera hacia donde va.
Total, no hay nadie en la calle.
Se ha muerto mi ciudad.
Me levanto del bordillo de la calle y me siento en el banco de un parque.
Ni siquiera se oyen pájaros.
¿Qué le pasa hoy al mundo?
Los árboles son de piredra gris y las fuentes están apagadas.
Mantengo la mente en blanco para dejar de oir mis pensamientos y escucho en silencio.
<<Mierda>> Arrugo el entrecejo, no se oye nada solo el palpitar de este estúpido corazón mío.
¿Donde se ha metido todo el mundo?
Me deprime estar en el parque.
Desando lo andado y me vuelvo a sentar en el bordillo observando el asfalto vacío y los coches mal aparcados al otro lado de la calle.
Resoplo y me dejo caer suavemente hacia atrás.
Qué frío está el suelo; pero, total, es lo que hay y no hay nada más.
El cielo es gris plomizo y no se ve un maltido rayo de sol por ningún lado.
Me siento como envasada al vacío.
Sí, eso es: Vacío.
Y de repente otra vez latidos de mi coraón.
Maldita sea, una no puede dejar de pensar ni un segundo.
Ojalá parasen, pienso mientras los acallo con el sonido de mi propia voz en mi cabeza.
Me duele ya la cabeza de tenerla apoyada en el suelo y tengo los labios amoratados, lo noto.
Entonces los párpados me empiezan a pesar y lo último que veo es un trocito gris de cielo soso y estúpidamente cubierto.
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